
Los televisores se volvían locos, la señal se perdía no era nítida, por momentos se alcanzaba a distinguir una figura humanoide, venían en son de paz, eso se alcanzaba a escuchar. El pánico era algo evidente, desde lunáticos dando escopetazos al cielo hasta ventajeros que saqueaban tiendas y supermercados por el supuesto fin del mundo. Naves con forma ovaloide aterrorizaban las ciudades, los clásicos platillos voladores de los setenta. En los pueblos había frontera cerrada y la policía controlaba el paso, en los campos también: si algún desprevenido paraba en la ruta lo alertaban con disparos. Las costas y los lugares con aire salino estaban desiertos de los visitantes. La playa sea cual sea el clima era el único paraíso.

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